LAST DAY IN DUNEDIN
 
 
 

Despertamos más o menos pronto y cogimos el coche para darnos una vueltecilla por los alrededores de Dunedin.

Primero fuimos a ver la calle más inclinada del mundo, que se encuentra en esta ciudad. Tiene el record de inclinación por un tramo con pendiente 2,86:1. Probablemente haya muchas calles en el mundo con una inclinación semejante, pero esta tiene el record.

 
 
 
 
 

Después nos fuimos a ver el árbol más alto de Nueva Zelanda, que no queda lejos. El problema es que ahora lo han anexionado al ecosantuario que hay por allí y ya no se puede ver así como así. Tienen vallado todo para que no entre ni salga nada, y supuestamente ahí dentro las condiciones son como era Nueva Zelanda sin que hubiese gente.
Tras no poder ver el eucalipto de 70 y pico metros nos fuimos de vuelta y paramos a hacer unas fotillos de la Península de Otago desde el otro lado.

 
 

Y nos fuimos al jardín botánico a frikar un poco entre árboles, bosques y plantas raras.
Como siempre increíble el jardín botánico, con miles de variedades de rododendros y magnolias, muchas de ellas hechas por gente de por allá.

 
 
 
 
 
 
Esa última noche cenamos en casa celebrando el cumple de la compañera de piso de Isaac y después de la cena quemé mis pantalones negros, que no me había quitado desde que llegué a NZ y que había llevado a este viaje para tirarlos antes de volver.
Dado que por allí es medio tradición quemar las cosas que vas a tirar, como por ejemplo los sofás, yo quemé mis pantalones.
Y por la mañana dejé el coche de alquiler en el aeropuerto y curiosamente encontré dentro guias de diversas costas mediterráneas. No es que les pillen muy bien esas playas a los kiwis, pero bueno, a saber...
 
 

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